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Juan José de Vértiz y Salcedo (Mérida de Yucatán, México, 1719 - Madrid, España, 1799) fue un político colonial español nacido en México, que ejerció el cargo de Virrey del Río de la Plata.

Hijo de un importante político hispánico, estudió en España y se formó como militar, interviniendo en varias campaña españolas, como las de Italia y Francia. Antes de ser virrey desempeñó el cargo de gobernador de Buenos Aires, tanto bajo la administración del Virreinato del Perú como del Virreinato del Río de la Plata, teniendo como prioridad el echar a los portugueses de la Banda Oriental, con éxitos nulos.

Asumió como virrey en 1778, teniendo una obra de gobierno muy vasta, desarrollando la economía regional, colonizando tierras deshabitadas, instalando intendencias por todo el virreinato y preparó el camino para que fuere fundada la Real Audiencia de Buenos Aires. En tarea social intentó agrupar a todos los artesanos en diferentes gremios, imitando el sistema vigente en Europa. Durante su gobierno se censó por primera vez la ciudad, que en aquél entonces contaba con alrededor de 37000 habitantes. También se creó durante su gobierno el primer teatro de la ciudad, La Ranchería.

Tuvo un importante rol en reprimir la sublevación de Tupac Amaru II. En 1784 pidió regresar a España, dejando el virreinato y entregándoselo a Nicolás del Campo. Murió en España en 1799.

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Escudo de la Familia Vertiz de Navarra-España
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Listado de apellidos contenidos en el
«Nobiliario de la Valdorba»

- En el «Nobiliario de la Valdorba» se recogen más de 500 apellidos navarros, con sus casas solares y sus escudos de armas.

- El «Nobiliario de la Valdorba» es una de las obras clásicas de la heráldica vasco-navarra, publicada en 1714 por Francisco de Elorza y Rada. Constituye una importante recopilación de blasones recogidos por el autor de las las labras heráldicas que adornaban las fachadas de las casas de la Valdorba, y de diversos libros de nobleza.

- Además, incluye el relato de la conquista del Ytza, en la Nueva España, a manos del Conde de Lizarragabengoa natural de la Valdorba.

Velasco
Velaz
Velazquez
Velzunce (Belzunce)
Venegorri (Benegorri)
Veorlegui (Beorlegui)
Vera (Bera)
Vergara (Bergara)
Verrioplano (Berrioplano)
Vertiz (Bértiz)
Vervinzana (Berbinzana)
Vesolla (Besolla)
Veunzalarrea (Beunzalarrea)
Vezquis (Bézquiz)
Vezquiz
Viana
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Vicuña
Vidaurre
Vidaurreta
Historia Argentina del Siglo XIX

El Virreinato (1776-1810)


El virreynato del Río de La Plata, del que Pedro de Cevallos fue el primer virrey, se constituyó a través de la Real Cédula del 1° de agosto de 1776, debido a la necesidad de defender esta provincia de los ataques de los ingleses y portugueses y además para liberarse del nefasto comercio limeño. Comprendía aproximadamente los territorios actuales de Argentina, Paraguay, Uruguay, en aquel entonces denominada Banda Oriental, gran parte del Alto Perú (actual Bolivia), más una parte del actual estado brasileño de Río Grande. El territorio fue dividido en intendencias y en gobernaciones militares como ensayo de las futuras provincias. El virrey Cevallos que dominaba, más por el terror que por el agrado, había luchado duramente contra los portugueses en Colonia del Sacramento (Uruguay); El 6 de noviembre de 1777 dictó el "Auto de libre internación" con lo cual quedó autorizado el comercio de Buenos Aires con Perú y Chile.

Murió Cevallos en Córdoba en 1778 delegando el gobierno al Virrey Juan José de Vértiz y Salcedo (1777). Éste mismo fundó la casa de los Niños Expósitos, un hospicio para mendigos, un hospital para mujeres. Creó el Teatro de Comedias ("amenaza contra la moral tradicionalista"); instauró el protomedicato para que nadie ejerciera la medicina sin su autorización; fundó el Colegio San Carlos a cargo de Juan Baltasar Maciel; trajo la primera imprenta a Buenos Aires; fundó el servicio de correos. Puso empedrado a la actual calle Florida y faroles de aceite.


En 1778 se aprobó la práctica del libre comercio, a consecuencia de la cual el puerto de Buenos Aires prosperó rápidamente. El creciente tráfico comercial entre la metrópoli y la colonia posibilitó el desarrollo del aparato administrativo y favoreció la emigración desde España. Dado el aumento del tráfico comercial se creó en 1778 la aduana la cual recogía los frutos del comercio naciente. Ello dio origen a la formación de una clase mercantil vinculada a los comerciantes peninsulares y a los grandes centros productivos europeos, fundamentalmente Inglaterra.

Por ende, se crearon dos tipo de comerciantes los que se beneficiaban del antiguo monopolio (en contra de las nuevas medidas) y los que usufructaban el nuevo comercio.
Al final del siglo XVIII la población era de 170.000 habitantes y se exportaban cueros, carne salada, lanas, plumas, etc.

En 1782 existían las siguientes intendencias: Buenos Aires, Charcas, La Paz, Potosí, Cochabamba, Paraguay, Salta del Tucumán y Córdoba del Tucumán cada una a cargo de un gobernador intendente. Buenos Aires no solo era potente económicamente sino era la sede del virreinato y de la Audiencia (1785).

Los sucesores de Vertiz no brillaron tanto: El Marquéz Loreto (1784-1789). Al que le siguió Arredondo (1789: La Revolución Francesa profundizó las ideas de libertad en Buenos Aires). Ese año se estrenó en la Casa de Comedias la primera tragedia argentina: Siripo (de Juan José de Lavardén).

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1778
El intendente Sanz impone una campaña de limpieza en las calles. El virrey Vertiz asume su puesto en 1778 y entre sus muchas medidas para mejorar la calidad de vida en el Virreinato vigila el ejercicio de la medicina, la calidad de medicamentos, y crea en 1779 la casa de niños expósitos y el hospicio para desamparados. Buenos Aires contaba con 24.750 habitantes en la ciudad y cerca de 13.000 en la campaña.
1779
Ante una iniciativa del Prior Síndico General alarmado por la cantidad de niños abandonados en las calles y terrenos baldíos de la ciudad el Virrey Vertiz inaugura el 7 de agosto de 1779, la Casa Cuna o también llamada Casa de Expósitos en la intersección de las actuales calles Alsina y Perú, en donde años más tarde funcionaría el Protomedicato. Su primer médico fue el Dr. Juan de Dios Madera.
El pasado 18 de noviembre, San Miguel del Monte cumplió, según recopilaciones realizadas por prestigiosos investigadores en los archivos generales de la nación, 221 años de existencia. Y fue el visionario Virrey Vértiz, quien mandó construir en 1776, fuertes en la actual provincia de Buenos Aires, en medio de la vastedad del campo y el cielo, para contener el avance de los malones que pugnaban por defender su territorio.

El proceso de construcción y modernización de la sociedad argentina estuvo marcado por las ideas liberales y la acción de los masones. No solos, por supuesto, pero sí como vanguardia del progreso en el largo curso de la historia. El proyecto en marcha impulsó la consolidación del Estado tanto en su faz jurídica como organizacional, realizó fundamentales reformas en el sistema económico y financiero, incidió con fuerza en los comportamientos sociales a través de las corrientes inmigratorias y el surgimiento de las primeras fuerzas políticas modernas.

En qué influyeron

En la creación del Registro Civil, la Ley 1420 de educación común, gratuita, obligatoria y laica, ambas de 1884, la ley de matrimonio civil de noviembre de 1888, la creación del servicio militar, y posteriormente, hacia 1912, la implantación del voto secreto y obligatorio para todos los ciudadanos del país.

En la educación…

Se dice que la primera actividad masónica se desarrolló con la Logia Independencia en 1795. En esta época se vislumbraba el auge del Iluminismo y en la capital argentina dominaba el espíritu modernizador representado por el gobierno del Virrey Vértiz, quien fundó la Universidad Nacional de la ciudad.
En 1726 el Alférez Real pidió al Cabildo que el Hospital San Martín fuese puesto bajo la dirección de los Padres Betlemitas. Con ello se inició una larga gestión que duró más de veinte años, sospechando siempre el Consejo de Indias que la atención del Hospital fuera una excusa para fundar nuevos conventos, como era cierto.
El Cabildo Eclesiástico de Buenos Aires habla de lo ventajoso que sería "la fundación de un convento de Religiosos de nuestra Señora de Belén"; y pide se dé para ello el Hospital con sus anexos y rentas (agosto 1738); en cambio el Fiscal del Consejo de Indias concede que los betlemitas se encarguen de hospitales para asistir enfermos, pero no para fundar conventos (agosto 16 de 1740). Este juego de pedir una cosa para luego hacer otra, dilató por algún tiempo las gestiones, hasta que se obtuvo el real permiso para asistencia hospitalaria. En 1848 vivieron 6 Betlemitas y el Hospital de San Martín pasó a llamarse de Betlemitas o de Santa Catalina, y vulgarmente de Barbones o Belermos. La transferencia fue ordenada por el gobernador Andonaegui.
La insuficiencia del local y la escasez de recursos fueron constantes en el Hospital de Santa Catalina, ( que siguió prestando servicios después de estar habilitado el Hospital General de Hombres y la Convalecencia de Belén.

No hay noticias de que recluyeran alienados en ese hospital antes de que pasase a manos de los Betlemitas; es probable, sin embargo, que algún demente fuera a refugiarse allí. La Cárcel del Cabildo conservaba el privilegio de recibir algún agitado y seguían pidiendo limosna en las calles ciertos locos inofensivos.
Durante la administración betlemita es seguro que hubo allí dementes; los enviaba el Cabildo cuando estorbaban en su Cárcel, siendo notorio que en el Hospital los utilizarían como sirvientes o los relegarían al loquero, rancho apartado de la sala de enfermos. Esta situación de hecho comenzó a oficializarse poco antes de crearse el Virreinato (1776) y, particularmente, bajo la gobernación de Juan José de Vértiz, que acentuó la reforma de cosas y costumbres esbozadas por el gobernador Bucarelli.
Vértiz ordenó se efectuara una recogida de vagos y mendigos que pululaban en la vía pública; entre ellos había varios alienados tranquilos, casi todos en estado demencial. Del Cabildo fueron pasados al Hospital de Santa Catalina, donde ya se asilaban otros. Algunos de estos dementes trabajaban en el Hospital como sirvientes y varios ayudaban a los Betlemitas en calidad de enfermeros. Con disposiciones ulteriores afirmó esa política de saneamiento urbano, que continuó más tarde como Virrey.
EL BILLAR EN ARGENTINA

Ni tan antiguo, ni tan moderno. El juego del go, por ejemplo, dicen que es el decano; se inventó hace unos 4000 años en China o India, antes que la escritura. El ajedrez es menos remoto, pues se originó en el valle del Indo, en el siglo VI de nuestra era. Al seguir la cronología, encontramos al dominó, cuyos primeros juegos de fichas poseyeron los chinos en el año 1120.

Tan difuso como la etimología del término, el origen del billar no confiesa un reconocimiento claro. La Real Academia Española remite la palabra a procedencia francesa, billiard (después de pasar por las formas bilhard y billart), derivada de bille, que en idioma galo quiere decir bola, aunque sólo la de billar o de rodamientos mecánicos. En los otros casos, es boule = cuerpo esférico. Otras teorías la señalan derivada del inglés ball-yard (ball = pelota; yard = patio o jardín/ yarda), pues ése era el nombre de un entretenimiento practicado sobre tierra con bolas y un bastón curvo.

¿Sobre tierra? Exactamente. Así de sencillo. “Nessuna testimonianza del tempo è chiara in proposito. L’essenziale è sapere che questo biliardo, dall’aspetto nuovo, fu l’antenato di innumerevoli altri e che fu costruito nel 1469. Il biliardo, fino ad allora ... era stato un gioco all’aperto, praticato su terra battuta circondata d’erba. Ben presto però il popolo Parigino vi si dedicò in alcuni locali il cui pavimento era costituito da terra battuta mista a polvere di mattoni e livellato con grande cura.”1

De todos modos, cita una versión el hallazgo de unas ordenanzas de Carlos V el Sabio (1337-1380), rey de Francia, suscriptas en 1369, que prohibían varios juegos, entre ellos el billar, pese a que él lo practicaba en palacio. ¿Acaso en el suelo? Porque la primera mesa de billar de que dan cuenta las crónicas fue mandada a construir por el monarca francés Luis XI (1423-1483). Medía 8 x 4 pies, medida inglesa (1 pie = 0,3048 m) con 2,5 de alto. Alguien afirma que vio la factura de compra y la firma del ebanista Oliverio Necker en el mueble de encina.

El tema está referido en la revista impresa por la Billard World Cup Association con ocasión de realizarse el Grand Prix Mundial Buenos Aires ’95, que tuvo por escenario al Club Italiano, Av. Rivadavia 4731. Dicha publicación, provista de interesantes notas y reportajes, también refiere los primeros acontecimientos billarísticos en nuestro país: “En Buenos Aires, en 1716, abrió su café Simón de Valdez, en lo que hoy es la esquina de Bolívar y Alsina, y no imagino siquiera el éxito que tendría la mesa de billar en el centro del salón. Pulperías, fondas, chocolaterías, debían su jerarquía al billar, como el Café de la Sonámbula en 1764, tanto que el virrey Vértiz, en 1799, debió reglamentar su funcionamiento.”

Y agrega: “Tal influencia tuvo el billar que, como narra Jorge A. Bossio en Los cafés de Buenos Aires, éstos se jerarquizaban por la cantidad de mesas que tenían; con dos, los de Marco, Aignesse y Mestre, y un billar tenían diez cafés más, alrededor del año 1800. El de Aignesse, llamado De la Comedia, tenía anexo un local, el Coliseo Provisional, que por años fue el único teatro de Buenos Aires.”
HISTORIA DE MATXIKOTENA
Matxikotena, mayorazgo de los Vertiz, radica en Oieregi, valle de Vertiz.
Se trata de un caserio medieval valorado histórica y arquitectónicamente por la Institución cultural navarra Príncipe de Viana.Es la típica casa vasca rectangular con anchos muros de mamposteria y esquinas de silleria, con la entrada orientada al sur, las escaleras al este y la cocina al noreste. Las habitaciones dispuestas alrededor de un gran espacio interior. Pilares, vigas y forjados de castaño. Ampliada por indianos y tambien después de un incendio, consta de dos pisos, tomando grandes dimensiones.Restaurado en el 2002 para convertirse en el Hostal Vertiz.
Todos los caserios vascos, están dotados de nombre propio, en este caso el Hostal Bertiz es la casa Machikotena, que por los primeros datos de la Iglesia de Oieregi (año 1500), era Matxikoterena ( la casa de Matxikot), por lo que es bastante probable que sus primeros dueños fueran la familia con apellido Matxikot, pero tambien en estas mismas fechas según la iglesia ya era la familia Vertiz la que habitaba en esta casa, que poseia un mayorazgo , pasando siempre a ser propiedad del primer hijo varón.
El escudo nobiliario de los Vertiz fué concedido a estos por el rey navarro Carlos III, el Noble, en 1421, escudo que simboliza la atracción persuasiva que mostrara Mitxeto de Vertiz en el cumplimiento de una delicada misión que el monarca le habia encomendado desempeñar cerca de Francia e Inglaterra, y del Duque de Borgoña, que pretendian incluir al reino navarro en alejadas contiendas solo a aquellos interesantes. Este rey, como se sabe, hizo de la diplomacia su apoyatura, y en este caso supo elegir bien el mandatario idóneo.
En el caserio Matxikotena de Oieregi, nació Juan Miguel Vertiz, caballero de santiago, que ostentó en Mejico el cargo de Consul de Comercio y alcalde perpetuo del Palacio y Bosque de Chapultepec.
Su sobrino tambien nacido en Oieregi, Juan José de Vertiz, en 1715 pasó a Méjico de gobernador y capitán general del Yucatán, Cozumel y Tabasco. Era caballero de Santiago. Estaba casado con doña Violante de Salcedo. Regresó a españa por poco tiempo, y en 1731 volvió de gobernador de Nueva Vizcaya.
Entre otros hijos don Juan José y doña Violante tuvieron a Juan José de Vertiz y Salceda, luego comendador de Puertollano en la Orden de Calatrava y más tarde Virrey de Buenos Aires.
Así mismo la casa Matxikotena fué cuna de Don Rafael de Vertiz, canónigo de la catedral de méxico y juez hacedor.
Todos estos Vertiz descendian de Matxikotena, "gentes feudales y andariegas, como lo fueron siempre los hidalgos de la montaña pirenaica".
Don José Vertiz, último habitante de la casa, dedicado a la elaboración desidra y último beneficiario del Mayorazgo, escribió los siguientes datos:
"Nota tomada de los libros de la parroquia de San Juan Bautista de Oyeregui, de los dueños e hijos habidos en la casa titulada Machicoterena y más tarde Vértiz Machicotena "desde el año 1568.
Juan José de Vertiz y Salcedo

Gobernador y capitán general del Río de la Plata (1770-1776) - Virrey del Río de la Plata (1778-1783)

Nació en Mérida de Yucatán, México, en donde su padre era gobernador real; estudió en España; desde temprana edad, ingresó a la carrera militar; intervino en varias campañas españolas, incluyendo las de Italia y Portugal y había llegado a ser comendador de la Orden de Calatrava antes de ser enviado al Río de la Plata.

Fue gobernador interino en 1770 y confirmado en 1771; durante los siguientes doce años, con excepción del breve período en que se estableció el virreinato con Pedro de Ceballos, Vértiz y Salcedo estuvo a cargo del gobierno de Buenos Aires; durante este período demostró ser mejor administrador que general; sus esfuerzos por sacar a los portugueses del Uruguay y llevarlos de nuevo al Brasil fueron poco satisfactorios y Ceballos, con su gran ejército, tuvo que terminar la tarea; pero como gobernador civil español de la Argentina fue casi inigualable.

Sus reformas y logros, en general como resultado de la política real, desarrollaron la economía y la cultura de toda la región al tiempo que expandieron sus fronteras defensivas, iniciando la colonización de tierras no habitadas, incrementando la efectividad del gobierno y mejorando la calidad de vida; durante su mandato, finalizó los arreglos para restablecer la Real Audiencia en Buenos Aires.

Estableció intendencias en todo el Virreinato; fortaleció la economía liberando el mercado y regulando las condiciones laborales; intentó agrupar a los artesanos especializados en gremios; estimuló la tradicionalmente importante industria minera (en especial en el Alto Perú); fomentó nuevas industrias del salado de carnes; procuró el desarrollo de la agricultura, en especial del cultivo comercia1 del índigo y del lino para los cuales había un creciente mercado lucrativo europeo; se interesó por la transformación de la ciudad de Buenos Aires en una verdadera capital virreinal; limpió la ciudad, mejoró el suministro de agua, instaló alumbrado en las calles, construyó una alameda a lo largo del río, y estableció una plaza de toros en El Retiro.

Hizo levantar un censo de la ciudad y de la provincia que reveló una población de 37.679 habitantes; tomó provisiones respecto a los vagabundos, los huérfanos, las mujeres desamparadas o de mala vida, los mendigos, etc.; restableció la Hermandad de Caridad (precursora de la posterior Sociedad de Beneficencia); creó el Protomedicato para regular el ejercicio de la medicina y para asegurar el porvenir de la salud pública y de la preparación de médicos; su disposición ordenada de la riqueza dejada por los jesuitas (expulsados en 1767) ayudó a financiar muchos de estos esfuerzos.

Vértiz y Salcedo fue, en muchos aspectos, el primer gobernador real que demostró interés en la vida cultural de la comunidad; estableció el primer teatro en Buenos Aires, la Ranchería (1771); abrió el real Colegio de San Carlos y quiso establecer una universidad (no la hubo en Buenos Aires hasta después de la independencia); trajo la imprenta jesuita de Córdoba a Buenos Aires y la instaló en la Casa de los Niños Expósitos, proporcionando a Buenos Aires su primera imprenta; para la creación de todas estas nuevas instituciones, Vértiz y Salcedo eligió a criollos calificados (tal vez porque él mismo era americano) para ocupar los nuevos puestos, junto con los españoles recién llegados.

Su obra se extendió a todo el virreinato; se reforzaron los fuertes en Montevideo; la frontera india en Buenos Aires fue adelantada y mantenida por nuevos poblados fortificados que más tarde se convirtieron en ciudades como Chascomús, Monte, Rojas, Ranchos, Navarro; cumpliendo con las órdenes reales de que la Patagonia debía ser explorada y defendida de posibles intrusos europeos, el virrey envió varias expediciones a las órdenes de Juan de la Piedra; Andrés y Francisco Viedma, y Basilio Villarino que exploraron la costa hasta San Julián, el río Negro y el río Colorado, y establecieron poblados como el de San José y Carmen de Patagones; en el norte, Jerónimo Matorras condujo la expedición al Chaco y la navegación se abrió en el Bermejo hasta Salta.

Vértiz y Salcedo reunió y equipó un ejército de dos mil hombres para ayudar a sofocar la insurrección de Tupac Amaru II en los altos Andes de Pertí y Bolivia (parte del Virreinato del Río de la Plata); el envío del capitán Tomás Rocamora (1783) a la casi inhabitada región entre los ríos Paraná y Uruguay para establecer poblados, en lo que hoy es la provincia de Entre Ríos, tuvo consecuencias importantes para la Argentina.

Fundó las ciudades de Gualeguay, Gualeguaychú y Concepción del Uruguay; en 1783 el virrey pidió ser transferido a España, y su sucesor, Nicolás del Campo, marqués de Loreto, se hizo cargo; eximido, debido a su excelente desempeño, de la habitual residencia, o revisión judicial, de su mandato.
Entregó su gobierno a su sucesor en 1784 y regresó a España donde murió luego de varios años.

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Cédula Real firmada por Carlos III y refrendada por el virrey José de Vértiz, designando a Juan de San Martín (Padre del Libertador Jose de San Martin)como capitán de infantería y ayudante mayor de la Asamblea de Infantería de Buenos Aires.
A propósito de Los orígenes de la Argentina.

Historias del Reino del Río de la Plata de Ricardo Lesser, Bs.As., Biblos, 2003, 267 páginas.
Más que un libro de historia, Los orígenes de la Argentina es un libro de historias. En sus páginas se desarrollan anécdotas, relatos más o menos ficcionalizados, apuntes biogr•áficos, incidentes, que hacen a la vida polÌtica, económica y social del reino del Río de la Plata.
La gestión de Juan Jose Vértiz -el virrey que en los libros escolares aparece aplanado por una sola acción de gobierno: la iluminaciÛn de las oscuras calles porteñas y poco m•s- constituye el núcleo a partir del cual Ricardo Lesser intenta rastrear los orígenes de nuestro país antes de la RevoluciÛn de Mayo. Precisamente, tal intento forma parte de la tesis que prenuncia en el prÛlogo y atraviesa el libro: "La historia de la Argentina no empieza en 1810. Ni en 1816. A la Argentina hay que buscarla desde 1776."
Dividido en tres partes -Cuadernos de Vértiz y de Ceballos, Cuaderno del virrey y Cuaderno de la Frontera-, en el libro se reconstruyen episodios que, en conjunto, dan cuenta del proceso de modernización encarnado en la figura del pragm•tico e iluminista Vértiz y del inicio de nuestra historia nacional. Al modo de los historiadores de la cultura (o de los antropólogos de la historia), como Robert Darnton, Lesser no trabaja sobre los acontecimientos sino más bien sobre aquellos incidentes a partir de los cuales puede examinarse la vida social de la Colonia y, al mismo tiempo, explicarse la política modernizadora de Vértiz: desde la fundación de escuelas o de la Casa de Niños Expósitos hasta la creación de instituciones para regular la salud pública, la formación de los médicos y el control de los medicamentos.
Así descubrimos los conflictos entre los comerciantes del Río de la Plata, que vivían del contrabando, y de Lima, que monopolizaban el comercio con la Corona; las primeras negociaciones diplomáticas por las Malvinas-Falkland; los libros que circulaban en bibliotecas y se usaban con fines "curativos"; los pasquines de la época; la formación escolar de nuestros próceres; la delimitación de las fronteras con los indios, entre tantas otras.
En todas estas historias mínimas se percibe una situación en ebullición, la inminencia de una revuelta, los aires de una sedición que, tres décadas después, harían eclosión en la revolución criolla. El 25 de mayo, nos propone Ricardo Lesser, no fue una ruptura, un "rayo en cielo sereno" como se dice, sino más bien una continuidad de un proceso que estaba prefigurado, por caso, en aquellas aulas en las que se imparteia doctrina cristiana a jóvenes que leían a escondidas el Contrato Social de Rousseau y ya empezaban a fabular -hasta en sus rebeliones estudiantiles- una revolución
La Imprenta de Niños Expósitos

A raiz de una sugerencia de los padres jesuitas, la Universidad de Córdoba habia adquirido una imprenta para su uso interno; habia sido traida desde Europa en el año 1764 y, años más tarde, fue cedida al Colegio de Monserrat.
Con motivo de la expulsión sufrida por la Compañía de Jesús, esta imprenta dejo de desarrollar sus actividades. Fue asi que en el año 1780, el virrey Vertiz decidio comprarla a los franciscanos para trasladarla a Buenos Aires. Una vez aqui, se resolvio instalarla en la Manzana de las Luces en la interseccion de las calles Perú y Moreno; fines del año 1783 fue mudada a la esquina de Perú y Alsina, donde continuó funcionando durante casi cuarenta años.
Recibió la denominación de Imprenta de Niños Expósitos porque los beneficios que su actividad producia eran destinados a la Casa de Niños Expósitos.
El primer periódico que se edito en la Ciudad de Buenos Aires fue hecho en esta imprenta: se llamó Telégrafo Mercantil, Rural, Político, Económico e Historiógrafo del Río de la Plata, e hizo su aparición el 1° de abril de 1801.
Actualmente, parte de esta celebre imprenta es exhibida al público en una de las salas del Cabildo de la ciudad.

Cumpliendo lo ordenado por la Real Cedula de Expulsion, dada por Carlos III de Espana, la Compañia de Jesús debió alejarse de Buenos Aires el 3 de julio de 1767.
En esas mismas instalaciones, en 1772 el gobernador Juan Jose de Vertiz inaugura el Real Colegio de San Carlos, que en 1783 es rebautizado con el nombre de Colegio Convictorio Carolino.




Historia del Teatro Argentino

En 1783 se creó en Buenos Aires la primer Casa de Comedias; el gestor de esta empresa fue el Virrey de las Luces, como se le llamaba al Virrey Vertiz. El teatro de La Ranchería desapareció por un incendio en 1792; allí se estrenó, tres años antes, Siripo de Manuel José de Lavarden, considerada la primera obra de un autor local. Cuatro años después del incendio de La Ranchería, se inauguró una nueva sala teatral, el Coliseo Provisional; y se la consideró como la sala de la revolución, quizá por lo cercana que ya se hallaba la revolución de mayo de 1810. En este teatro se estrenó El detalle de la acción de Maipú, cuyo autor se desconoce; una obra en la que se glosan con habilidad costumbres populares.
 
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Para más información

El Virreinato del Río de la Plata
Autor: Felipe Pigna.

En un principio, el inmenso territorio americano controlado por los españoles se dividió en dos jurisdicciones llamadas virreinatos: el de Nueva España, creado en 1534, y el del Perú, fundado en 1544; y dos Capitanías Generales, la de Yucatán (creada en 1542 ) y la de Nueva Granada (1564).

Pero los territorios a administrar seguían siendo muy extensos y difíciles de controlar y la corona española decidió subdividirlos y crear nuevos virreinatos y capitanías. Así, la Capitanía de Nueva Granada se transformó en Virreinato; se creó el Virreinato del Río de la Plata (1776) y las Capitanías de Chile, Cuba, Venezuela y Guatemala.

Los virreyes eran los representantes directos del Rey en América y eran los funcionarios más poderosos en estas tierras. En un principio su nombramiento era vitalicio, pero cuando la corona notó que se volvían un tanto independientes y ambiciosos, les redujo el mandato a un período que iba de tres a cinco años, según los casos. Cuando terminaban su mandato debían someterse al "Juicio de residencia", en el que la Corona evaluaba la actuación del virrey y, sobre todo, si se había enriquecido injustificadamente durante su gestión.

Los virreinatos estaban a su vez divididos en gobernaciones, intendencias y municipios. Dentro de los municipios la institución más importante eran los cabildos que se encargaban del gobierno y la administración de las ciudades y sus alrededores. Cuando la situación lo requería podía convocarse a un "Cabildo Abierto" al que podían concurrir, como decían las invitaciones de la época "la parte más sana y principal de la población", es decir los vecinos propietarios.

El poder judicial estaba representado por la Audiencia y a su cargo estaban los "oidores" que ejercían la justicia civil y criminal.

Para enfrentar el contrabando, controlar mas poderosamente el Atlantico Sur y aprovechando que Inglaterra estaba ocupada en la guerra de Independencia de sus colonias del Norte, el Rey Carlos III de Espana decidio crear el Virreinato del Rio de la Plata con capital en Buenos Aires en 1776.

El primer virrey de estas tierras fue Don Pedro de Cevallos, un experimentado jefe militar español que habia sido gobernador de Buenos Aires.

A Cevallos le tocaba gobernar un extenso territorio. El virreinato ocupaba el espacio de las actuales Argentina, Bolivia, Uruguay, Paraguay y parte de Chile. En 1782 la Corona española decidio dividirlo en ocho intendencias La Paz, Cochabamba, Charcas, Potosi, Paraguay, Salta, Cordoba y Buenos Aires, y cuatro gobiernos subordinados a la autoridad directa del virrey, Montevideo, Misiones, Chiquitos y Moxos.

La inclusión del Alto Perú con las minas de Potosí garantizó los recursos necesarios para sostener a la nueva estructura administrativa y empeoró aún más las tradicionalmente males relaciones entre Buenos Aires y Lima

España impuso un rigido sistema comercial a sus dominios en America, conocido como el monopolio, según el cual las colonias solo podian comerciar a traves suyo. El problema era que España no era un potencia industrial ni mucho menos y no estaba en condiciones de abastecer y comprar a su vez, todos los productos que producia America. Por lo tanto, se fue transformando en una intermediaria entre los productores y consumidores ingleses o franceses y los productores y consumidores americanos .

Era una situacion injusta que provoco distintas consecuencias. Por un lado el desarrollo del contrabando, es decir la entrada y salida de mercaderias por puertos clandestinos para no pagar derechos de aduana. Por otra parte fue generando mucho descontento, sobre todo en Buenos Aires, y fomentando las ideas partidarias de terminar con el monopolio y el fomento del libre comercio.

Dentro del enorme territorio del virreinato del Río de la Plata, convivian regiones muy diferentes con situaciones culturales , sociales y economicas muy distintas.Esto va a tener consecuencias muy importantes para nuestro futuro como pais.

Buenos Aires era la zona mas rica. Las principales actividades eran la ganaderia y el comercio. Los grandes campos de Buenos Aires fueron un excelente criadero natural para las vacas y caballos dejados por Don Pedro de Mendoza alla por 1536. Desde entonces no pararon de reproducirse y para la epoca del virreinato resultaron ser la principal riqueza de la zona. El cuero , el sebo y el tasajo (grasa salada que se usaba para alimentar a los esclavos de EEUU y Brasil) se exportaban a muy buen precio enriqueciendo a los estancieros de Buenos Aires. La capital disfrutaba del privilegio de tener el puerto y la Aduana, la principal fuente de recursos.

El litoral competia con Buenos Aires en la produccion ganadera pero estaba en desventaja por que no tenia puertos habilitados al comercio internacional.

En el interior se fueron desarrollando pequeñas industrias y artesanias en las que se fabricaban vinos, licores y aguardientes (Mendoza y San Juan), ponchos y tejidos (Catamarca, La Rioja), carretas (Tucuman, Cordoba y Salta) yerba mate y tabaco (Corrientes y Misiones). Estas pequeñas industrias no podian competir con la gran industria inglesa . A estas regiones el sistema de monopolio les daba cierta proteccion.

La industria fue el sector de la economía americana menos favorecido por el gobierno de la metrópoli. Hay que tener en cuenta que América constituía el principal mercado consumidor de las manufacturas españolas y que por ello, tanto la corona como los propios fabricantes y comerciantes, estaban interesados en impedir el establecimiento de manufacturas en las colonias. Su objetivo era evitar a toda costa que la demanda de productos españoles decayera. Una ordenanza real establecía lo siguiente: "Su Majestad no puede permitir que se multipliquen o aumenten ni aún que subsistan dichos establecimientos fabriles. Lo estima contrario al bien y a la felicidad de todos sus vasallos y dominios y recela que acostumbrados sus vasallos a los calores y trabajos de dichos rehusaran después volver a las minas de oro y plata y al cultivo de los preciosos frutos y efectos de esos reinos que tienen seguro consumo en esta península.

Así que quiere S. M. de V. E. se dedique con todo celo ,y la preferencia correspondiente a examinar cuántos y cuáles son los establecimientos de fábricas y manufacturas que se hallan en todo el distrito de su mando, y a procurar la destrucción de ellos por los medios que estime más conveniente.."

A Cevallos lo sucedió el mejicano Juan Jose de Vertiz. Vertiz mando a hacer el primer censo de la poblacion de Buenos Aires en 1778. La ciudad tenia 24.754 habitantes y la campaña 12.925.

El nuevo virrey advirtio que Buenos Aires era una ciudad muy descuidada, mal iluminada y aburrida y decidio transformarla. Creo un sistema de alumbrado publico en base a mecheros alimentados a grasa de potro que luego fueron reemplazados por velas de sebo .Los faroles eran mantenidos por los serenos, simpaticos personajes que ademas anunciaban la hora . Vertiz hizo empedrar las calles .Se ocupó de la provisión del agua. Fundo un teatro de comedias, un hogar para chicos huérfanos (la casa de los Niños Expósitos) donde instalo una moderna imprenta, un hospital para mendigos, el Real Colegio de San Carlos (actual nacional Buenos Aires) organizo la policía y fundo varios pueblos en la provincia de Buenos Aires.

Las diversiones del Buenos Aires de entonces no eran demasiadas. Convocaban por igual a ricos y pobres las corridas de toros. En 1791 el virrey Arredondo inauguró la pequeña plaza de toros de Monserrat (ubicada en la actual manzana de 9 de julio y Belgrano) con una capacidad para unas dos mil personas. Pero fue quedando chica, así que fue demolida y se construyó una nueva plaza para 10.000 personas en el Retiro en la que alguna vez supo torear don Juan Lavalle.

El pato, las riñas de gallo, las cinchadas y las carreras de caballo eran las diversiones de los suburbios orilleros a las que de tanto en tanto concurrían los habitantes del centro. Allí podían escucharse los "cielitos", que eran verdaderos alegatos cantados sobre la situación política y social de la época.

Las damas también gustaban de las corridas de toros pero preferían el teatro, la Opera y las veladas, que eran reuniones literarias y musicales realizadas en las casas. Eran la ocasión ideal para conseguir novio.

Una vez a la semana "la parte más sana del vecindario", como definía el cabildo a sus miembros, es decir los propietarios porteños, concurría al teatro para asistir a paquetas veladas de opera y a disfrutar de las obras de teatro de Lavardén. Desde que la inaugurara el Virrey Vértiz en 1783, la Casa de Comedias, conocida como el Teatro de la Ranchería, se transformó en el centro de la actividad lírica y teatral de Buenos Aires hasta su incendio en 1792. En 1810 pudo reabrirse el Coliseo Provisional de Comedias dando un nuevo impulso a arte dramático.

Apenas siete años después de la segunda fundación de Buenos Aires, en 1587, se produjo el primer desembarque de africanos esclavos en Buenos Aires. Las travesías del Atlántico eran terribles. Viajaban amontonados sin las más mínimas condiciones sanitarias, mal alimentados y sometidos a la brutalidad de los traficantes.

Buenos Aires era una especie de centro distribuidor de esclavos. Desde aquí se los vendía y se los llevaba a los distintos puntos del virreinato. En Buenos Aires a los esclavos negros se los ocupaba sobre todo en las tareas domesticas como sirvientes en las casas de las familias más adineradas.

A pesar de la esclavitud, los negros de Buenos Aires y Montevideo no perdieron sus ganas de vivir e hicieron oír sus candombes y milongas y aportaron palabras a nuestro vocabulario como mucama, mandinga (el diablo) y tango.

En 1782 la Corona española decide divider el extenso territorio del Virreinato del Rio de la Plata en ocho intendencias La Paz, Cochabamba, Charcas, Potosi, Paraguay, Salta, Cordoba y Buenos Aires, y cuatro gobiernos subordinados a la autoridad directa del virrey, Montevideo, Misiones, Chiquitos y Moxos.

Durante el virreinato de Arredondo se creo el Consulado en 1794, un organismo destinado a organizar la vida economica de la Colonia. Controlaba a los comerciantes para que no aumentaran injustificadamente sus precios y para con no engañaran a sus clientes con los pesos y medidas de sus mercaderias.

El primer secretario fue un joven criollo que habia estudiado en Europa las mas modernas teorias economicas, Manuel Belgrano, quien en los informes anuales del consulado aconsejara a las autoridades fomentar la industria y las artes productivas.

"No puedo decir bastante mi sorpresa cuando conocí a los hombres nombrados por el Rey para el Consulado. Todos eran comerciantes españoles, exceptuando uno que otro, nada sabían más que su comercio monopolista, a saber: comprar por cuatro para vender con toda seguridad a ocho."

Belgrano se refería así a sus colegas del Consulado que portaban apellidos como Anchorena, Martínez de Hoz, Arana, Agüero, Ramos Mejía y Alzaga, en su mayoría comerciantes monopolistas que defendían ante todo sus intereses personales que eran los de sus compatriotas residentes en Cádiz, a quienes en muchos casos representaban.

Las ideas innovadoras de Belgrano quedarán reflejadas en sus informes en los que tratará por todos los medios de fomentar la industria y modificar el modelo de producción vigente.

Atento al avance de estas ideas, hacia 1799 el virrey Avilés publicó un bando en el que anunciaba graves castigos a todos aquellos que "...se procuraran lecturas prohibidas", pues estaba informado "...de haberse introducido papeles extranjeros con relaciones odiosas de insurrecciones, revoluciones y trastornos de los gobiernos establecidos y admitidos."

Sin embrago, durante el virreinato de Joaquin del Pino comenzó a publicarse en Buenos Aires el primer periódico de nuestra historia: el "Telégrafo Mercantil, Rural, Político, Económico e Historiogràfico del Río de la Plata". A través de sus páginas, sus editores, entre los que estaban Manuel Belgrano, trataban de difundir las nuevas ideas económicas y políticas . Pero, el Virrey , molesto por el contenido político de la publicación y por la gran influencia que fue adquiriendo, decidió clausurar el "Telègrafo" el 17 de octubre de 1802 . Al año siguiente Hipolito Vieytes y Manuel Belgrano publican el "Semanario de agricultura, industria y Comercio". En uno de sus primeros números decía:

"Si se tiende la vista por la vasta extensión de nuestras campañas, al instante se presenta la triste situación del labrador, éste, aunque dueño absoluto de una porción de tierra, capaz en otras tierras de mantener a un potentado, vive de ella escasamente y se halla sin recursos y sin auxilios para hacerla producir. Desconoce enteramente todo género de industria; labra solamente aquella porción que considera necesaria para su sustento, y lo que es peor, desconoce enteramente aquel deseo que nace con los hombres de aumentar sus comodidades y sus bienes."

La Invasiones inglesas de 1806 y 1807 conmovieron profundamente la estructura del Virreinato. En Buenos Aires crecieron las diferencias entre los españoles partidarios del monopolio y los criollos favorables al libre comercio. La formación de las milicias había aumentado el poder de los criollos y inserción en la política Tras la derrota de los invasores, el Cabildo, ante el desprestigio de Sobremonte, nombró a Liniers Virrey interino. Sobremonte, desconoció el nombramiento y, según su costumbre vuelve a huir, esta vez a Montevideo.

Al producirse la invasión napoleónica a España, el gobernador de Montevideo, Javier de Elío solicitó la renuncia de Liniers por su condición de francés. Lo acusó además, de ser un agente de Napoleón. Liniers le pidió que presentara pruebas, pero Elío se negó a reconocer su autoridad y formó una junta de gobierno independiente de Buenos Aires.

Los comerciantes y milicianos españoles encabezados por Alzaga se oponían a Liniers, supuestamente por su condición de francés y quisieron aprovechar las elecciones del Cabildo del 1 de enero de 1809 organizando un motín para desplazar al virrey. Pero Liniers fue defendido por las milicias criollas que lograron frenar la protesta. Las milicias españolas fueron desarmadas y disueltas. Los dirigentes de esta "asonada" como se la llamó fueron detenidos y enviados a Patagones. Poco después serían rescatados por Elío y llevados a Montevideo.

Para aplacar los ánimos, la junta de Sevilla decidió poner fin al interinato de Liniers y enviar al Plata un nuevo Virrey, don Baltasar Hidalgo de Cisneros.

Cisneros trató de adoptar una actitud conciliadora. Disolvió la Junta de Montevideo pero confirmó a Elío como gobernador. A las milicias españolas se les restituyeron las armas.

El nuevo virrey, apodado "el sordo" tuvo sin embargo que escuchar los informes que venían del Alto Perú y le anunciaban que en las ciudades de Chuquisaca y La Paz en mayo de 1809, se estaban produciendo movimientos revolucionarios.

Una proclama de los rebeldes, entre los que se destaca el joven Bernardo de Monteagudo, decía: " Hemos guardado un silencio bastante parecido a la estupidez. Ya es tiempo de levantar el estandarte de la libertad en estas desgraciadas colonias, adquiridas sin el menor título y conservadas con la mayor injusticia y tiranía".

Cisneros ordenó una cruel represión que provocó centenares de muertos en la "ciudad de los tres nombres", Charcas, Chuquisaca o La Plata.

Ante la posibilidad de que estos sucesos se repitan, y "En mérito a haber llegado la noticia de que en estos dominios se iba propagando cierta clase de hombres malignos y perjudiciales, afectos a ideas subversivas que propenden a trastornar y alterar el orden público y gobierno establecido", el Virrey decidió crear un "Juzgado de Vigilancia Política", destinado a perseguir " a los que promuevan o sostengan las detestables máximas del partido francés y cualquier otro sistema contrario a la conservación de estos dominios en unión y dependencia de esta metrópoli."

La situación del virreinato era complicada. El comercio estaba paralizado por la guerra entre España y Napoleón que provocaba una enorme disminución de las rentas aduaneras de Buenos Aires, principal fuente de recursos.

Un joven y talentoso abogado, asesor del Cabildo, presenta un alegato contra el monopolio comercial español "La representación de los hacendados". Allí, Mariano Moreno solicita, entre otras cosas, la libertad de comercio entre los productores locales y los comerciantes británicos.

Ante la desesperante escasez de recursos, el nuevo virrey toma una medida extrema, aún contra la oposición del consulado: aprueba un reglamento provisorio de libre comercio que ponía fin a siglos de monopolio español y autorizaba el comercio con los ingleses

Las noticias sobre la situación en España llegaban por barco con dos o tres meses de atraso y muchas veces la imaginación popular reemplazaba la falta de informaciones con rumores y fantasías, alterando el clima tranquilo y aburrido del virreinato. "Fernando había sido asesinado", "Napoleón se rindió" "Volvió Fernando", "Cayó la Junta de Sevilla" Todo era posible hasta que llegaran las confirmaciones o las desmentidas del caso.

El 14 de mayo de 1810 llega a Buenos Aires el buque inglés Misletoe con periódicos ingleses con alcance al 24 de febrero en los que se daba cuenta de la caída de la Junta Central de Sevilla, último bastión del poder español, en manos de las tropas napoleónicas.

El virrey Cisneros tuvo que reconocer la nueva situación y publicar un bando el día 18 en el que pedía que "todo quedara como hasta entonces para evitar días tormentosos". Todo parece indicar que el 25 de mayo de 1810 llovió fuerte sobre Buenos Aires.

Los Virreyes del Rio de la Plata

Pedro de Cevallos 1776-1778

Juan Jose Vertiz 1778-1784

Nicolas del Campo 1784-1789

Nicolas de Arredondo 1789-1795

Pedro Melo de Portugal 1795-1797

Antonio Olaguer y Feliu 1797-1799

Gabriel de Aviles 1799-1801

Joaquin del Pino 1801-1804

Rafael de Sobremonte 1804-1806

Santiago de Liniers 1807-1809

Baltasar H.de Cisneros 1809-1810

Autor: Felipe Pigna.

HISTORIAS DE BUENOS AIRES

“Lo recomiendo, con mates y torta fritas, en una de esas lluvias que inundan (aún hoy) nuestro querido Buenos Aires.
Aquí la sección segunda del primer capítulo. Las ilustraciones van por mi cuenta.

"Constituía la ciudad un vasto paralelogramo, dividido en cuadras, cada una de 150 varas.

Nuestras calles permanecieron por muchos años sin empedrado. Para aproximarnos al origen de éste, penetremos por un momento a la época colonial, aun cuando nuestro propósito sea que estos recuerdos daten del año 10 adelante.

Acúsase a los españoles, y creemos que con mucha razón, de haber mantenido por ignorancia o por una economía mal entendida, las calles de un pueblo de tanta importancia comercial, en tan pésimo estado, que algunas eran completamente intransitables, sin embargo de tener tan a mano el mejor material, la piedra, y los medios de conducirla a poca costa. -Cuéntase que se hacía creer al pueblo que el empedrado era obra de romanos.

Citaremos, sin embargo, como excepción honrosa al Virrey don Juan José Vértiz y Salcedo.

Algo más que a mediados del siglo pasado, por los años 1770 y tantos, a consecuencia de una lluvia, que continuó por muchos días, formáronse tan profundos pantanos, que se hizo necesario colocar centinelas en las cuadras de la calle de las Torres, (hoy Rivadavia), en las cercanías de la plaza principal, para evitar que se hundieran y se ahogaran los transeúntes, particularmente los de a caballo. [20]

Tal debió ser todavía el estado de nuestras vías urbanas, cuando por medio del intendente don Francisco de Paula Sanz, se propuso el Virrey «limpiar esta ciudad de las inmundicias e incomodidades en que la había tenido hasta entonces «constituida el abandono y ninguna policía en sus calles, para que se respire un aire más puro y se remuevan de un todo las causas que casi anualmente hacen padecer varias epidemias que destruyen y aniquilan parte de su vecindario.»

Después de haber provisto al mejoramiento de las calles y veredas, quiso también el buen Virrey que los transeúntes que no podían hacerse acompañar con un negro y un farol, o cargar linterna, se librasen de malhechores y de malos pasos, estableciendo lo que se llamaba la iluminación, por medio de velas de sebo. “
¿Qué representa el cuadro que preside el Aula Magna de la Facultad?
Las cuestiones vinculadas al ejercicio de la Medicina y a la defensa de la sanidad pública en Buenos Aires dependieron del Protomedicato de Lima, que tenía una delegación en Buenos Aires a cargo de un Teniente de Protomédico. El Protomedicato era una vieja institución española cuyos orígenes se remontan al Medioevo.
Respecto a este organismo del Virreynato del Río de la Plata, dice Juan Ramón Beltrán en su Historia del Protomedicato de Buenos Aires (1937):

“ ...desempeñaba esta triple función:
1.- la dirección de la enseñanza y demás problemas de gobierno en cuestiones de medicina, cirugía y farmacia;
2.- la administración de justicia, constituyendo un tribunal especial para castigar las faltas y excesos cometidos por los facultativos y perseguir a los curanderos;
3.- la función financiera de fijar aranceles para exámenes y visitas de boticas, etc.; regular multas, administrar y distribuir esos fondos, entre los miembros del Protomedicato ó aplicarlos a la finalidad que mejor le pareciera.”.
El Tribunal del Protomedicato de Buenos Aires, cuerpo colegiado como su nombre lo indica, fue creado por el virrey Juan José de Vértiz en 1779 e inaugurado el 17 de agosto de 1780 en una audiencia en la cual el primer Protomédico, doctor Miguel Gorman(1), dio una alocución en latín. Funcionó precariamente hasta que fue autorizado por un Real Decreto del año 1798.
Varios años después de su creación, el Protomedicato de Buenos Aires incorporó a sus funciones la tarea de formar médicos y cirujanos. Surgió así en 1799 la Escuela de Medicina del Tribunal del Protomedicato de Buenos Aires, que inauguró sus cursos hacia 1801 (algunas fuentes hablan también de 1800 y de 1802).
El gran cuadro, obra del pintor argentino González Moreno, representa la solemne ceremonia de inauguración del Protomedicato en la Ciudad de Buenos Aires el 17 de agosto de 1780.
El acto se desarrolla en una sala del Cabildo especialmente adornada. Bajo dosel se encuentra el estrado presidido por el retrato del rey Carlos III, debajo del cual está sentado y cubierto el Virrey Don Juan José Vértiz y Salcedo, quien tiene a su derecha al Deán Dr. José de Andrújar y al Cabildo Eclesiástico y a la izquierda a Don Manuel Ignacio Fernández, Intendente General de Ejércitos y Superintendente de la Real Hacienda. Quien de pie sobre la tarima lee, es el Dr. Miguel Gorman, Protomédico, recién reconocido como tal y que acaba de prestar juramento. En el instante fijado por el pintor, da lectura a una oración latina alusiva al acontecimiento(2).
El acta levantada por el Escribano Real de Gobierno Don Joseph Zenzano y asentada el 4 de febrero de 1781 describe la histórica escena... “después de dispuesto todo lo necesario para el adorno del Tribunal del Real Protomedicato que de orden y en virtud de providencia librada por su excelencia, se ha erigido en esta ciudad, ordenó se hiciera pública apertura de él, señalándose a este fin el día 17 de agosto del año anterior.
En el cual presidió el convite correspondiente y siendo como las cuatro de la tarde, estando la sala destinada para el Tribunal adornada y con dosel a su frente, en el que se halla colocado el retrato de nuestro Rey y Señor Carlos III – que Dios guarde -, concurrieron a ella el señor Don Manuel Ignacio Fernández, Intendente General de Ejércitos y Superintendente de la Real Hacienda de este mismo Virreinato. El muy ilustre Venerable Deán y Cabildo Eclesiástico con parte de la Clerecía, los señores Alcaldes Ordinarios y Varios del Secular, toda la oficialidad, los ministros de las contadurías, Reales Cajas y Oficinas, y todas personas de primera distinción y nobleza. Entró su excelencia y tomó asiento bajo el citado dosel, inmediatamente se leyó por mí, el escribano, en alta e inteligible voz, la Real Cédula que hace cabeza a este expediente dada en Aranjuez a dos de mayo de mil setecientos setenta y ocho y al título de Protomedicato con el juramento que a su continuación de “fideliter excercendo” prestó el referido doctor D. Miguel Gorman, quien siendo reconocido de todos por tal, subió a la cátedra con sus insignias doctorales e hizo una oración latina por espacio de media hora, alusiva a la necesidad que experimentaba el público de esta erección, a la utilidad que le resultaría de las providencias destructivas de tantos abusos como lamentablemente se veían introducidos en estas facultades y a rendir las gracias al soberano por el celo y amor con que solicitara el mayor bien de sus vasallos, por medio de semejantes establecimientos; adornando este razonamiento con una bella elocuencia, que dejó a todos satisfechos, mereciendo en todas partes la aprobación de los sabios inteligentes.
Con lo cual se concluyó el acto y se retiró su excelencia. Quedando todo el demás concurso que acompañó a dicho Dr. Gorman a su casa, donde después de dársele gustosos parabienes, se sirvió un general y espléndido refresco, quedando de este modo públicamente hecha la apertura del Real Protomedicato y encargado el Protomedicato del nombramiento de los respectivos exámenes y ministros que han de componer el tribunal, presentando sus títulos para debida aprobación de su excelencia. En cuya virtud dicho Protomedicato deseoso de dar principio cuanto antes del formal establecimiento del Tribunal, por el mucho bien que se espera de él en estas Provincias, procedió a nombrar, como de hecho nombró los respectivos examinadores para las Facultades de Medicina, Cirugía, Pharmacia, Phlebotomía y a un abogado para asesor y a otro para fiscal, su escribano y un alguacil mayor, un portero, echando mano para esto de los más hábiles y acreditados en el pueblo y propuestos en sus respectivas nóminas al excelentísimo Virrey, como a dicho Protomedicato le era ordenado. Vino su excelencia en aprobar todos estos nombramientos por estar cerciorado habían recaído en sujetos cuales se requieren por las leyes en atención dio ya, dicho Tribunal, principio a sus respectivas funciones con lo que se empezaron a sentir los buenos efectos que por medio de este establecimiento se esperaban y de orden de dicho excelentísimo señor Virrey, doy la presente en Buenos Aires a cuatro de febrero de mil setecientos ochenta y uno. Joseph Zenzano, escribano real público y de gobierno”.
En la Biblioteca Central de la Facultad de Medicina se guarda el Testimonio [copia legal] del Acta de la Fundación del Protomedicato de Buenos Aires, registrada el 4 de febrero de 1781.
Nota aparecida en la Gacetilla del
Centro Cultural "José Ingenieros"
Facultad de Medicina UBA
"La casa de campo del virrey Vértiz fue el
primer castillo que hubo en el pueblo
Las familias más antiguas de Lanús, y aún las que paulatinamente fueron habitando este pueblo, recuerdan con cariño, una especie de palacete que se alzaba en las cercanías de la quinta de Federico Martínez de Hoz y del cual se conservan en la actualidad algunos vestigios.
Era una casona con olor a moho, con la pátina natural de las cosas viejas. Los pequeños pasaban con miedo por sus aledaños. Decían viejas consejas que moraban allí animas en pena. No faltó quien al pasar por sus cercanías, hizo temeroso la señal de la cruz...
Sin embargo, nada de eso había en la vieja casa colonial. Perteneció al virrey Juan José de Vértiz, quién la hizo construir en el año 1775 para pasar las temporadas veraniegas.
Edificada con adobes crudos, rodeada en gran parte con árboles de adorno y frutales, la casa del "virrey de las luminarias" era visitada en algunas ocasiones por los altos bonetes de la Colonia. En sus salones viéronse los pronunciados escotes de las damas y los finos calzones y los lujosos zapatos hebillados de plata, de los magnates de la corona.
Música de violines y de arpas se escaparon por los amplios ventanales y en sus salones amueblados con el lujo colonial del 1700, se trataron más de una vez, problemas que atañan a la vida misma de la ciudad principal."
EL ENCICLOPEDISMO Y LA REVOLUCION ARGENTINA

El pensamiento hispanocolonial tuvo su mayor, arraigo en el claustro de, Córdoba; en Buenos Aires se manifestaron las primeras divergencias políticas, económicas y filosóficas que, al acentuarse, caracterizaron el pensamiento argentino. Teniendo menos pasado, Buenos Aires pudo mirar más libremente el porvenir.

Iniciados los estudios oficiales bajo el gobierno de Carlos III, sintióse en la capital M virreinato el benéfico influjo de esa afortunada circunstancia; pero al tiempo, que la metrópoli no tardó en renegar de las innovaciones de ese gobernante, enclavijándose en el tradicionalismo de sus teólogos, la colonia emancipada auspició y multiplicó su fuerte impulso. La época posterior a Carlos III señala el punto de divergencia entre la cultura española y la cultura argentina; mientras en la península vuelve a reinar su propio pasado, en la nación nueva crece el anhelo de nivelarse con Europa.

Después de la expulsión de los jesuitas (1767) los incipientes estudios que existían en Buenos Aires quedaron desamparados, hasta la fundación del colegio real de San Carlos, durante la progresista administración de un virrey americano, Juan José de Vértiz, a quien se debe la introducci6n de la imprenta en esta ciudad (1780).

Comparte con Vértiz el Primer rango en la historia cultural de la colonia otro americano, Juan Baltasar Maziel (1127-1788) ; nació en Santa Fe, se graduó en teología en Córdoba, pasando luego a Chile y doctorándose allí en ambos derechos. En 1754 regresó a Buenos Aires, desempeñando, entre otros cargos, el de <comisario del Santo Oficio de la Inquisición>; diole ello motivo para leer libros heréticos y es seguro que acabó por tomarles tal afición que, de haber cumplido severamente su ministerio, habría comenzado por condenarse a sí mismo. Su cultura, pareja con su bondad, le tornó tolerante y liberal; no se sabe que persiguiera nunca a lectores de libros prohibidos, magüer comenzarán a pulular en Buenos Aires.

Debiendo Vértiz informar a la corte sobre la aplicaciones que pudieran darse en esta parte de América a los bienes de los jesuitas, oyó oficialmente a los cabildos eclesiástico y secular. Ambos informes (publicados por Juan, M. Gutiérrez en sus interesantes Noticias históricas sobre el origen y desarrollo de la enseñanza pública superior en Buenos Aires, 1868) concuerdan en que su casa principal y sus rentas se apliquen a la creación de una Universidad pública Y de un Colegio convictorio. El eclesiástico, redactado por Maziel (1771), revela un espíritu eminentemente liberal cuando se refiere a la enseñanza que darán los profesores de filosofía: <No tendrán obligación de seguir sistema alguno determinado, especialmente en la física, en que se podrán apartar de Aristóteles y enseñar, o por los principios de Cartesio, o de Gasendo, o de Newton, o alguno de los otros sistemáticos, o arreglando todo sistema para la explicación de los efectos naturales, seguir sólo a la luz de la experiencia por las observaciones y los experimentos en que tan útilmente: trabajan las academias modernas>. Estas palabras se dirían inspiradas por el lema del renacentista Pedro Pomponacio: L´osservazione o l´esperimento sono la bilancia della verita.
EL SINDICALISMO EN LA ARGENTINA:

En nuestro País, en la época Colonial, la Organización de los Gremios se manifestó en la Legislación en forma paralela a la existente en ese entonces en el Viejo Mundo. En 1725, el Gremio de los Albañiles, que se componían de Maestros Artesanos y no de Obreros que vendían su fuerza de Trabajo, solicito del Cabildo de Buenos Aires un aumento de paga.
El 19 de Julio de 1780, el Gremio de Zapateros tuvo sus Reglamentos, que exigía dos años de Aprendizaje, y cuatro de Oficiales antes de llegar a la Categoría de Maestros. Tales Organismos no llegaron a tener mayores influencias por la simple razón de que la producción manufacturera casi no paso por su etapa domestica dado que la mayoría de los artículos provenían de la Metrópolis. Sin embargo hay algunos datos interesantes, como por ejemplo, el del año 1789, cuando 73 Zapateros, solicitaron del Virrey la correspondiente Autorización para constituirse en jerarquía, y con Estatutos Propios de la Edad Media. El Petitorio decía: "Excelentísimo Señor: Los artesanos de Zapatería, puesto con su mayor rendimiento ante la Superioridad de Vuestra Excelencia exponen y dicen que:
.. Un manifiesto atraso de ,los Artesanos de esta capital, porque siendo tan limitadas las ganancias (que por consecuencias impiden por la multitud de sujetos que ocupan en estos ejercicios y ponen tienda publica de Maestros sin mas conocimiento de su Oficio o Arte que es preciso para el desempeño de un Aprendiz, u Oficial hábil en perjuicio de las verdaderos Maestros; no se esmeran estos en perfeccionar las obras ni darle a trabajo de Ley correspondiente a su Instituto...) exponen a la alta consideración de Vuestra Excelencia los perjuicios que han introducido el abuso, y los beneficios que deben resultar del formal establecimiento de este gremio bajo de las reglas y constituciones que se sirviese la alta economía de Vuestra Excelencia (El Virrey Vertiz).
Establecido el Gremio con las formalidades necesarias, deberán haber Dos o mas Maestros Mayores que vigilen las Tiendas Publicas reconociendo las obras y los materiales de su composición para que cesen los manifiestos Fraudes que de Ordinario siente el Publico...
Ello es cierto... que todo Gremio erigido bajo las reglas oportunas ninguno debe ser recibido a la Maestría sin el Examen de todo lo que debe saber perteneciente al Oficio y a mas de la habilidad y perfecta instrucción con que se entra a servirlo prestan el Juramento de Ser Fiel y Legalmente el Ejercicio u Arte que Profesan...
El Virrey Juan José de Vertiz y Salcedo (Óleo Derecha), publico un Bando ordenando que comparezcan todos los Artesanos para Agremiarlos:
"Don Juan José de Vertiz y Salcedo... Virrey, Gobernador y Capitán General... Por cuanto la misma experiencia en los frecuentes casos que se ofrecen, hace conocer que para el mejor orden y arreglo de esta 'Republica' conviene precisamente reducir a Gremios y por Clases a todo los Artistas y Oficiales Mecánicos que haya en ella y su distrito, por tanto Ordeno y Mando que dentro de Treinta Días contados de esta Publicación, comparezcan personalmente ante el Escribano de Gobierno: Relojeros, Doradores, Oribes, Plateros Labrantes y Clavadores de Piedras, Los Estatuarios, Tallistas, Carpinteros, Silleteros y Toneleros, Los Armeros, Herreros, Cerrajeros, Bronceros, Caldereros, Faroleros y Herradores, Los Sastres, Cordoneros, Tintoreros y Sombrereros, Los Zapateros, Guarnicioneros, Lomilleros, Curtidores, Los Albañiles y Cateros, Los Barberos y Peluqueros, y cuales quiera otros que e ejerciten en Oficios de la Clase Referida, y en la Inteligencia que esta 'Comparecencia' la deben hacer ya sea Maestros, Oficiales o Aprendices. Y para que llegue a Noticia de Todos se Publicara por Bando en la forma acostumbrada fijándose también en lugares públicos."
Vertiz además, reglamento el trabajo de los Peones en la Cosecha, y gracias a su empuje el Cabildo Colonial de Buenos Aires legislo sobre Gremios, en la misma forma que se hacia en Europa.
200 AÑOS DE ANATOMIA EN ARGENTINA

La UBA conmemoró el bicentenario de la primera clase de anatomía. Presentamos en esta nota una reseña histórica
La anatomía ha constituido desde siempre una de las piedras fundamentales sobre la que se basa la enseñanza de la medicina. El 2 de marzo pasado se cumplieron 200 años de la apertura de la primera Escuela de Anatomía y Cirugía en nuestro país, y el 22 de noviembre se llevó a cabo en la Facultad de Medicina de la Universidad de Buenos Aires la conmemoración de este bicentenario, con la realización de jornadas de reflexión sobre el rol de la anatomía en la formación médica y en la actividad profesional.
Un poco de historia
La enseñanza de la anatomía puede dividirse en dos grandes períodos. El primero consta de dos etapas, una preuniversitaria -previa a la fundación de la Facultad de Medicina- desde 1779 hasta 1821, y otra universitaria (1821-1852), desde la fundación de la Universidad de Buenos Aires a partir de un decreto del gobernador Martín Rodríguez. El segundo gran período se inicia el 15 de abril de 1852 por un decreto del gobernador Vicente López y Planes.
Hacia fines del siglo XVIII, no existía en el territorio del Río de la Plata una verdadera facultad de medicina. En 1771, los médicos que trabajaban en la ciudad de Buenos Aires eran solamente 11, todos extranjeros. En 1778, había un total de 12 entre extranjeros y nativos, formados en el exterior, y para finales del siglo, la situación era sumamente irregular, con médicos que no eran tales y con autorizaciones informales para el ejercicio de la medicina. Para poner fin a esta situación, el virrey Juan José Vértiz y Salcedo decidió pedir a España la Autorización Real para instaurar un organismo regulador, llamado Protomedicato.
Se designó al Dr. Miguel O’Gorman como primer protomédico de la ciudad de Buenos Aires, y se establecieron las funciones de este ente: controlar la higiene y sanidad de la ciudad y sus habitantes; proveer asesoría médico-legal a la justicia; controlar el ejercicio de la profesión médica; proveer arbitrio en controversias por honorarios irregulares y determinar la competencia o no de los aspirantes a desempeñarse como boticarios (farmacéuticos) y barberos (cirujanos). O’Gorman estaba convencido de que debía tener además, una función docente. Pero para esto debía existir en el Río de la Plata una escuela de medicina, que formara y diera origen a los futuros profesionales de la salud.


La Sanidad Militar existe como cuerpo dentro del Ejército Argentino desde 1868, cuando fue sancionada la Ley Nro 2.377, pero sus orígenes se remontan al tiempo de la colonia.
Durante la Primera Invasión Inglesa en 1806, los estudiantes de protomedicato prestaron sus servicios a los heridos en las calles de Buenos Aires. Estos estudiantes pertenecían a la primera escuela de medicina que funcionó en nuestro territorio y que fue creada por el Virrey Juan José Vértiz en el año 1870. Como médicos ilustres y destacados de dicha escuela médica podemos mencionar a personalidades como: Cosme Argerich, Juan Madera, Manuel Antonio Casal, Matías Rivero, Antonio Castellanos y Mariano Vico, entre otros.
DESCENDIENTE DEL VIRREY VERTIZ ACOMPAÑA Y APOYA LA GESTA LIBERTADORA DE SAN MARTIN .
INICIO DE LAS FAMILIAS VERTIZ EN EL PERU.

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http://www.monografias.com/trabajos16/san-martin-peru/san-martin-peru3.shtml

El día 24 la escuadra libertadora llevó a cabo, en El Callao, un nuevo audaz plan, concebido por Cochrane. Este encargó al capitán Crosbie la realización del plan. El citado capitán, al frente de un bien seleccionado grupo de combatientes a bordo de varios botes, penetró, en la noche del citado 24, al fondeadero del Callao donde se encontraba la escuadra realista, y a pesar de haber sido descubierto el movimiento por los centinelas de los Castillos del real Felipe, desde comenzó de inmediato los fuegos de fusiles y cañones, pudieron los intrépidos marinos patriotas llevar a cabo su misión, logrando apoderarse de tres navíos(San Fernando, Milagros y Resolución) e incendiar dos mas. (12)

Tendiente a lograr nuevos recursos económicos para la guerra, pero sin tener que recurrir a las "contribuciones forzosas" que siempre generaban descontento, San Martín decretó, el día 25, lo siguiente:

"1° Que en las casas capitulares se suscriban los vecinos para un empréstito voluntario por el término de seis meses, enterando cada mes aquella cuota que puedan contribuir; lo que será satisfecho por el Estado al término de un año.

2° Los que quieran donar espontáneamente aquellas cantidades mensuales, durante los seis meses, podrán verificarlo.

3° Para la mejor claridad y arreglo, se llevarán por el excelentísimo Cabildo dos libros, uno para asentar los nombres de los patriotas y prestamistas, y el otro para el de aquellos que quieran y puedan donar las cantidades mensuales que gusten; para cuyo efecto se pasarán las normas que dicho excelentísimo Cabildo hará imprimir". (13)

El día 27 el Ayuntamiento cursó una invitación especial, para el gran acontecimiento que sería la proclamación de la independencia, al jefe de la escuadra libertadora, el Almirante Cochrane. Pero éste, comprendiendo que su categoría de extranjero lo ponía de hecho al margen de ese magno suceso, respondió que solo presenciaría el solemne acto desde Palacio, como un simple espectador más.

Y el tan ansiado veintiocho de julio llegó. Los pobladores de Lima desde muy temprano se fueron ubicando en la Plaza de Armas, lugar escogido para el solemne acto. En dicha plaza se encontraba instalado un tabladillo, que al igual que el levantado en otras tres plazas públicas donde se repetiría la proclamación, había sido construido por el maestro de obras Jacinto Ortiz, por orden expresa del Ayuntamiento. A eso de las diez de la mañana San Martín y su comitiva salieron de Palacio. Según La Gaceta esta salida fue impresionante:

"...salió éste de Palacio a la plaza mayor, junto con el excelentísimo señor teniente general marqués de Montemira, gobernador político y militar, y acompañándole el estado mayor y demás generales del ejército libertador. Precedía una lucida y numerosa comitiva compuesta de la universidad de San Marcos con sus cuatro colegios, los prelados de la casa religiosa, los jefes militares, algunos oidores y mucha parte de la principal nobleza con el excelentísimo ayuntamiento: todos en briosos caballos ricamente enjaezados. Marchaba por detrás la guardia de caballería y la de albarderos de Lima; los Húsares que formaban la escolta del excelentísimo señor general en jefe; el batallón número ocho con las banderas de Buenos Aires y de Chile, y la artillería con sus cañones respectivos" (14)

La comitiva no se dirigió directamente al tabladillo sino que dio una vuelta completa a la Plaza, desplazándose por delante del edificio del Ayuntamiento para luego seguir por Escribanos y Botoneros, la fachada de la Catedral y enseguida dirigirse hacia la parte central de la plaza, al lugar donde se levantaba el tabladillo. El bullicio, según los relatos de la época, era enorme, pero cuando la comitiva llegó al tabladillo se produjo un emotivo silencio, en espera de las palabras con las que se sellaría la independencia del Perú. San Martín tomando el estandarte de la patria dirigió a la multitud las siguientes palabras:

"El Perú es desde este momento libre e independiente por la voluntad general de los pueblos y por la justicia de su causa que Dios defiende" (15) Y batiendo el pendón bicolor repitió muchas veces: "¡Viva la patria! ¡Viva la libertad! ¡Viva la independencia! Palabras estas "que como eco festivo resonaron en toda la plaza, entre el estrépito de los cañones, el repique de todas las campanas de la ciudad, y las efusiones de alborozo universal que se manifestaba de diversas maneras, y especialmente con arrojar desde el tablado y los balcones, no solo medallas de plata con inscripciones que perpetúen la memoria de este día, sino también toda la especie de monedas pródigamente derramadas por muchos vecinos y señores; en que se distinguió el ilustre colegio de abogados" (16)

Las medallas de plata arrojadas en este solemne día habían sido mandadas a fabricar por el ayuntamiento limeño, encargando esta labor a la Casa de Moneda. En ellas se representaba por el anverso un sol con el siguiente lema a su alrededor: "Lima libre juró su independencia en 28 de julio de 1821"; por el reverso un laurel circundado por la siguiente inscripción: "Bajo la protección del ejército libertador del Perú mandado por San Martín".

Concluido el acto de la proclamación en la Plaza Mayor, San Martín y la comitiva se dirigieron a las otras plazas públicas programadas para repetirse el mismo acto. Estas plazas fueron las siguientes: La Merced, Santa Ana y la Inquisición, es decir en aquellas plazas, según palabras de San Martín, en las cuales en tiempos anteriores "se comunicaba al pueblo que debía aún soportar sus míseras y pesadas cadenas"

Habiendo concluido el ceremonial de la proclamación en la Plaza de la Inquisición, la comitiva se dirigió hacia Palacio. Allí esperaba, en una de sus galerías, "el inmortal e intrépido lord Cochrane" que, como ya hemos señalado, no creyó oportuno participar en el solemne acto que se había llevado a cabo.

En la noche del 28 el Cabildo limeño brindó una gran fiesta a todos los que habían participado en el acto de la proclamación de la independencia. El recibimiento fue extraordinario:

"La asistencia de cuantos intervinieron en la proclamación de la mañana; el concurso numeroso de los principales vecinos, la gala de las señoreas, la música, el baile, sobre todo la presencia de nuestro libertador que se dejó ver allí mezclado entre todos con aquella popularidad franca y afable con que sabe cautivar los corazones, todo cooperaba a hacer resaltar más y más el esplendor de solemnidad tan gloriosa". (17)

Aquel mismo 28, San Martín, por la tarde, dio un decreto por el cual se fijaban los medios para perennizar el día de la proclamación de la independencia del Perú:

"El día más augusto y solemne de una nación independiente no debe quedar sepultado en el olvido del tiempo. Al americano libre corresponde trasmitir a sus hijos la glorias de los que contribuyeron a la restauración de sus derechos. La memoria del gran momento en que por la unión y el patriotismo se dio la libertad a medio mundo, es el legado más sublime de un pueblo a la posteridad. El Perú se ha impuesto estos deberes desde que pertenece a sí mismo; y rotos hoy para siempre los vínculos que ataban a los habitantes de Lima al carro de la esclavitud, por la libre y espontánea declaración que ha hecho de defender y sostener la independencia del Perú del gobierno español y de cualquiera otra extranjera, ordeno lo siguiente:

1° Se levantará un monumento en el camino del puerto del Callao hacia esta capital, que inmortalice el día primero de su independencia.

2° Los días 26, 27 y28 de julio de cada año se harán fiestas cívicas en esta capital, en memoria de la libertad del Perú.

Publíquese por bando: comuníquese al excelentísimo ayuntamiento; fíjese en los lugares de estilo; circúlese, archívese en el departamento de gobierno.

Dado en Lima, a 28 de julio de 1821, 1° de la libertad del Perú.

José de San Martín" (18)

Todo el 28 fue de jolgorio y de gran actividad. La noche de aquel día no vendría a ser sino un pequeño compás de espera para la ceremonia no menos trascendental a realizarse al día siguiente: la jura de la independencia.

El 29, al mediodía, San Martín con la misma comitiva del día anterior, se dirigió a la Catedral, donde se realizaría una misa de acción de gracias y un Tedeum, a cargo del Arzobispo Bartolomé de Las Heras. El sermón, según lo ya acordado previamente, estuvo a cargo del franciscano Jorge Bastante, de gran "valía intelectual y reconocido fervor patriota, nombrado «Capellán del Gobierno» al presentarse en Pisco solicitando su incorporación al Ejército Libertador". (19) En cuanto al coro y orquesta de la Catedral para dicho acontecimiento estuvo bajo la dirección, como nos lo recuerda Fernando Gamio Palacio, del Maestro de Capilla D. Andrés Bolognesi, padre del héroe peruano en la batalla de Arica, durante la guerra del Pacífico (1879-1883). Concluido el ceremonial religioso el séquito volvió a Palacio. De allí los miembros de las diversas corporaciones, civiles y religiosas, marcharon hacia sus locales, donde llevarían a cabo el acto de la jura de la independencia. El juramento se haría según lo establecido por San Martín, según la siguiente fórmula:

"Juráis a Dios y a la Patria sostener y defender con vuestra opinión, persona y propiedades la independencia del Perú del gobierno español y de cualquiera otra dominación extranjera. Si así lo hiciereis Dios os ayude y si no, Él y la Patria os lo demanden".

El día 29 juraron la independencia el Ayuntamiento, el Cabildo Metropolitano, y las comunidades de La Merced y de San Francisco. El día 30 lo hicieron, debido a que algunos miembros pertenecían a algunas de las instituciones que juraron el día anterior, la Universidad de San Marcos, el Colegio de Abogados, los párrocos y capellanes. A partir del día 13 de agosto lo hicieron también todos los vecinos de los cuarenta y un barrios de los cuatro cuarteles de la ciudad, citados por los comisarios de los barrios y en los domicilios de éstos. Posteriormente lo llevaron a cabo los comprendidos en la Capitulación del Callao y los pueblos de los Departamentos Libres, ante sus respectivos párrocos. (20)

Los miembros del Ayuntamiento efectuaron el juramento uno por uno, "por sí y en representación de la población". Se levantó acta del juramento, cuyo texto fue redactado por Manuel Pérez de Tudela y por Manuel Muelle. El texto es el siguiente:

"En la Ciudad de los Reyes del Perú en 29 de julio y primero de su independencia: Congregados en esta Sala Capitular los señores que componen este Excelentísimo Ayuntamiento después de concluida la Misa de Gracia que se celebró en la Iglesia Catedral, se leyó el oficio del Excelentísimo Señor Capitán General Don José de San Martín, de 23 del presente, en el que designa el día en que esta Corporación había de prestar el juramento de la Independencia de esta capital; y todos los señores juraron a Dios y a la Patria mantener y defender con su opinión, persona y propiedades, la Independencia del Perú del gobierno español y de cualquiera otra nación extranjera. A continuación prestaron igual juramento los señores que no habían suscrito la acta del 15 de corriente, de que certifico".

Los miembros del Ayuntamiento limeño que el 15 de julio declararon la independencia, el 28 participaron en la proclamación, y el 29, por sí y en representación del pueblo limeño, juraron la independencia, fueron los siguientes:

Alcaldes: Isidro de Cortázar y Abarca, Conde de San Isidro.- Dr. José María Galdiano.

Regidores: Francisco de Zárate.- Simón Díaz de Rávago.- Juan de Echevarría y Ulloa.- José Matías Vásquez de Acuña, Conde la Vega del Ren.- Francisco Valdés.- Lorenzo de la Puente, Marqués de la Corpa.- Pedro de la Puente.- José Manuel Malo de Molina.- Francisco de Paula Mendoza Ríos y Caballero.- Mariano Vásquez.- Dr. Manuel Pérez de Tudela.- Dr. Manuel Sáenz de Tejada.- Juan Esteban Gárate.- Dr. Manuel María del Valle.- Dr. Miguel Antonio Vértiz.- Manuel Alvarado.

Síndicos Procuradores Generales: Dr. Tiburcio José de la Hermoza.- Dr. Antonio Padilla.

Secretario: Dr. Manuel Muelle.

La actuación de estos connotados miembros de la élite criolla peruana fue representativa del difícil tránsito del fidelismo al separatismo de la alta clase colonial peruana. El Ayuntamiento ya había entrado en graves conflictos con el virrey La Serna, a raíz de la posición totalmente hostil e irreconciliable que adoptó este virrey con relación a San Martín y a la expedición libertadora. Gamio Palacio ha destacado la decisiva actitud del cabildo limeño en defensa de los intereses de los vecinos frente a las pretendidas exacciones que quería imponer La Serna
imagen

ACTA DEL CABILDO DE LIMA PRONUNCIÁNDOSE A FAVOR DE LA INDEPENDENCIA DEL PERÚ,15 DE JULIO DE 1821

En la Ciudad de los Reyes del Perú, en quince de julio de mil ochocientos
veinte y uno. Reunidos en este Excelentísimo Ayuntamiento los señores que locomponen, con el Excelentísimo e Ilustrísimo Señor Arzobispo de esta Santa
Iglesia Metropolitana, prelados de los conventos religiosos, títulos de Castilla y
varios vecinos de esta capital, con el objeto de dar cumplimiento a lo prevenido
en oficio del Excelentísimo Señor General en Jefe del Ejército Libertador don
José de San Martín, del día de ayer, cuyo tenor se ha leído; e impuestos de su
contenido reducido a que las personas de conocida probidad, luces y patriotismo que habitan esta capital expresasen si la opinión general se hallabadecidida por la independencia, cuyo voto le sirviese de norte al expresadoSeñor General para proceder a la jura de ella. Todos los señores concurrentes por sí y satisfechos de la opinión de los habitantes de la capital dijeron: Que la voluntad general está decidida por la independencia del Perú de la dominación española y de cualquiera otra extranjera; y que para que se proceda a su sanción por medio del correspondiente juramento, se conteste con copia certificada de esta acta al mismo Señor Excelentísimo y firmaron los señores:
El Conde de San Isidro – Bartolomé Arzobispo de Lima – Francisco de Zárate –
Simón Rávago – Francisco Valles – Pedro de la Puente – Francisco Xavier de
Echagüe – Manuel de Arias – el Conde de la Vega del Ren – fr. Gerónimo
Cavero – José Ignacio Palacios – Antonio Padilla, síndico procurador general –
José Mariano Aguirre – el Conde de Las lagunas – Francisco Concha – Toribio
Rodríguez – Xavier de Luna Pizarro – José de la Riva Agüero – Andrés Salazar
– Francisco Salazar – José de Arriz – el Marqués de Villafuerte – doctor
Segundo Antonio Carrión – Juan de Echevarría – Juan Manuel Manzano – el
Marqués de Casa Dávila – Nicolás de Aranivar – Tomás de Méndez y La Chica
– Francisco Valdivieso – fray Anselmo Texero – Manuel Cogoy – Pedro de los
Ríos – Manuel Urquijo – Pedro Manuel Bazo – Francisco José Colmenares –
Jorge Benavente – Manuel Agustín de la Torre – Juan Esteban Henríquez de
Saladaña – Tomás de Vallejo – José Zagal – fray Tomás Silva – Antonio
Camino Vergara – Cecilio Tagle – Miguel Tenorio – Manuel de la Fuente
Chávez – fray Juan de Dios Salas – Manuel del Valle y García – Vicente Benito
de la Riva – Tomás Ortiz de Cevallos – fr. Pedro de Pasos – Manuel Saénz de
Texada – Manuel de Landázuri – Justo Figuerola – Miguel Tafur – el Marqués
de Monte Alegre – Juan Panizo y Foronda – Tomás Panizo y Talamantes –
Manuel Ignacio García – Martín José Pérez de Cortiguera – Diego Noriega –
Pedro Urquizo – Juan Gualberto Menacho – doctor Ignacio Ortiz de Cevallos –
Manuel Cayetano Semino y Larrea – José Cirilo Cornejo – José Mariano
Román – Pablo Condorena – Juan Reymundez – Antonio Boza – Manuel
Tellería – Manuel de la Fuente y Murga – Gaspar Gandarilla – doctor José
María Falcón – Juan Saavedra – Manuel Negreiros y Loyola – doctor Juan
Francisco Puelles – Eugenio de la Casa – Tomás José Morales – doctor Pedro
de Tramaría – Agustín Larrea – doctor Fernando de Virquiaga – Hipólito
Unánue – Marcelino de Barrios – José de la Puente – José Perfecto de Tellería
– José Zúñiga – José Francia – Manuel Concha – Manuel Díaz – doctor Juan
Bautista Ramírez – doctor Manuel Antonio Colmenares – Luis Antonio Naranjo
2
– Tomás Cornejo – Manuel Ayllón – Mateo de Pró – Lorenzo Zárate – Pedro
Manuel Escobar– Juan Salazar – José Martín de Toledo – Mariano Pord – José
Manuel Dávalos – doctor Francisco Herrera – Antonio de Salas – Manuel de
Arias – Juan Cosio – Felipe Llanos – Lorenzo del Río – Ángel Tomás de Alfaro
– Manuel Mansilla – Mariano González – Fermín Moreno – José Francisco
Garay – Esteban Salmón – Manuel Suárez – José Alonso Montejo – doctor
José Manuel de Villaverde – José Bonifacio Vargas y Zumarán – Simón
Vásquez – Miguel Riofrío – Miguel Gaspar de La Puente – el Conde de
Torreblanca – Jacinto de la Cruz – José Vidal – Francisco Renovales –
Francisco Moreyra y Matute – Tomás de la Casa y Piedra – Mariano Tramarria
– Mariano José de Arce – Manuel Ferreyros – Manuel Villarán – el Conde de
Vistaflorida – Manuel Concha – Miguel Antonio de Vértiz – Francisco Antonio
del Carpio – Mariano de Sarria – Pedro Fano – José Crisanto Ferreyros –
Manuel Durand – Pedro Loyola – Francisco Xavier Mariátegui – José Antonio
de Ugarte – Antonio de Bedoya – Santiago Campos – José Pezet – Manuel
Travi y Tazo – José Ugarte – José Coronilla – Pedro Abadía – Pedro Olaechea
– José Terán – Pedro José de Méndez – Juan de Ezeta – Manuel García Plata
y Urbaneja – Justo Zumaeta – Pedro Echegaray – Valentín Ramírez – José
Antonio Henríquez – Manuel Tudela – José Cavero – Eusebio González –
Isidro Castañeda – Domingo Velarde – Marcelo de la Clara – José Mendoza y
Santa Cruz – Agustín Bastidas – Lucas Antonio Palacios – Julián de Cubillas –
Pedro de Jáuregui – José Domingo Castañeda – Francisco Collantes Rubio –
Alexandro Poquis – fr. José Manuel Maldonado – José de la Torre – Tadeo
Chávez – Juan Antonio Pitot – José Mercedes Castañeda – Francisco Vergara
– Juan Francisco de Izque – fr. Manuel Mendiburu – José Melchor de Cáceres
– Manuel Antonio Díaz – Manuel Marquina – José Cayetano de Parracia – José
Eugenio Izaguirre – José Eustaquio Roldán – Agustín de Vivanco – José
Antonio de Cobián – Clemente Verdeguer – fr. Melchor Montejo – José Luis
Oyagüe – Toribio de Alarco – Manuel Gallo – Ignacio Ayllón Salazar – Juan de
Elizalde – fr. José Vargas – Manuel Alvarado – José Domingo Solórzano –
Antonio Elverdin – Manuel Baca – Manuel de Unizar – Nicolás de los Ríos –
Mariano Pérez de Saravia – Juan de Acencios – Mariano Bravo – José
Bernabé Romero – Bernardo Pont – Manuel de Zumaeta – Mariano Gómez
Lizardi – Pedro del Castillo – fr. Mariano Negrón – fr. Mariano Seminario – fr.
José Domingo Oyerregui – Pablo Romero – Ignacio Talamantes y Baeza –
José de Espinoza – José Manuel Malo de Molina – Manuel Rivera – Nicolás
navarro – Mariano Chaparro – José Manuel Ayesta – Isidro Blanco – Narciso
Espinoza – José Unzaguey – Mariano Vega – Julián Ponce – Pablo Espinoza –
Hipólito Balares – fr. Lázaro Valaguer – Francisco de Mendoza Ríos y
Caballero – Francisco Xavier de Izque – Isidoro Alzaga – Bernardino Hordillo –
Manuel Suárez – Manuel Gonzáles y Pabón – José Infantes – Manuel Porras –
Manuel Ruyloba – Pedro Antonio López – Vicente Sánchez – Cayetano de
Casas – Domingo Encalada y Cevallos – Pedro Dávila – Carlos de Bedoya –
José Vivansan Rivas – Juan Pabón y Carero – Feliz de Herrera – fr. Pedro
Bravo – José María de Guamano – Andrés Zamanamut – Manuel Herrera –
Manuel Vallejo – José Jorge Landaburu – Manuel de Álvarez y Hoyos – Andrés
Negrón – Juan Ignacio de los Ríos – Nicolás Ames – José Neque – fr. José
Seminario – José María Ramírez – Guillermo del Río – Andrés Riquero –
Felipe garcía – Francisco Carrillo y Mudarra – el Conde de San Juan de
Lurigancho – Diego Aliaga – Faustino de Olaya – Gabriel de Oro – Apolinario
3
del Portal – Tomás Benaquet – José Valentín Huidobro – José Manuel de La
Rosa López – Juan Bautista Navarrete – Ignacio Cavero y Tagle – Calixto
Gutiérrez de La Fuente – Manuel de Bonilla y Prados – Gabino de Pizarro y
Lara – Julián del Castillo – Manuel López – Juan Infanta – Francisco Eufrasio
de Garay – Bruno Herrera – José Arévalo – Juan Manuel Fernández – José
Rodríguez – Antonio Pérez – Lorenzo Amor – Miguel Bruno Bayeto – José
Bernardo de Izquierdo – Tomás Benaut – José González – José Carlos – José
María Chávez – fr. José Salazar – Fabián Alguero – Antonio Pelaet – Manuel
Cubillas – José Arostegui – Lorenzo Cano – Juan Esteban de Garate – Vicente
Arnao – José María Rodríguez – José Lugo Noguera – Gaspar de Cruceta –
Francisco Noya – José Hue – José Torres – José Guillermo Giraldino – Miguel
Molineros – José Ignacio Sánchez y Santa Cruz – Eusebio Ramos – Juan
Bautista Valdez – Juan Manuel de la Pinilla – José Hurtado – Pedro Salvi –
José Olaqua – Bacilio Govea – Ramón de Vallejo – Alexo de la Torre – José de
Perochena – Nicolás Mosquera – Pedro Rivas – Blas Covarrubia – Gaspar de
Candamo – Manuel Vicente Cortez – Juan Francisco Carrión – José Manuel de
Rivas – Narciso Antonio Marcade – José Cubillas – fr. Mariano Calatayud –
José Agustín Ordóñez – Manuel Rivero – Manuel Pellegrin – Manuel Romero –
Manuel Barroso – Agustín Cordero – Martín del Risco – Tiburcio José de la
Hermosa, síndico procurador general – el Marqués de Corpa, síndico
procurador general – Manuel Muelle, secretario.
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